Inicio / ZONA DE VIAJE & ESCRITURA / Una silla voló en París.

Una silla voló en París.

Una silla, a veces, no es sólo una silla.

Una silla simple y ligera, en una ciudad con más de dos millones de habitantes dentro de sus límites municipales y quince millones en su área metropolitana, a los que se suman entre cuarenta y cincuenta millones de turistas al año. Una silla verde. No es una silla librada al azar alrededor de la fuente o un parque en París, es una política de Estado. Una silla es un ícono, un estilo de vida relacionado con parar el tiempo y descansar entre jardines pincelados por la historia.

Una silla encarna el espíritu de la armonía. Una silla en París es el ritual de sentarse al sol como símbolo sublime de bienestar y tranquilidad. Un modo y pretensión de vida.

Desde 1923, los Jardines de las Tullerías, Luxemburgo y el Palacio Real de la capital de Francia se caracterizan por sus emblemáticas sillas verdes. Son metálicas, brillantes, resistentes a todos los cuerpos, con diseño y estructura cómoda, al paso y en contacto con la naturaleza. Una silla en París, desparramada al aire libre, gratuita, es una expresión de la cultura francesa plasmada en un mobiliario de lo más popular, tal vez una ensoñación legendaria de una búsqueda de igualdad. Una silla casual es un picnic entre amigos, un libro en papel, una taza de café, una charla distendida, unos estudiantes tratando de vislumbrar un futuro, una postal local de lo más experimental y arraigado de una urbe de estilo, pituca y delicada.

Sentarse en una de estas sillas verdes es frenar la caminata, descansar la mirada, observar el entorno y seguir con delicadeza el vaivén de la gente que sólo quiere detenerse bajo un rayo de sol, poder respirar profundo, mirar y pensar.

En este entorno, una silla suena a vals y glorietas, aunque fuera de foco, de fondo no se puede negar las estampas de los monumentos de la más resonante y alborotada revolución.

Mirar.

Me detengo en el agua de la fuente, es tan verde como las sillas.

No se ve el fondo.

¿Qué hay en el fondo?

Pensar.

¿Qué hay en el fondo de las fuentes de París, en el aroma de tantos pétalos de flores, en la cadencia y el encanto de los Campos Eliseos, de las vidrieras art decó de marcas de lujo que de repente, un día cualquiera, sin aviso y sin pausa, una ciudad tuvo que bajar sus persianas y armar sus rejas?

En estos días, hay estallido total porque la silla no estaría siendo más para los turistas que para las mayorías. París perdió sus notas florales, su aroma elegante, su frescura y romanticismo. La capital de la Torre más brillante del planeta se convirtió en un fuerte medieval, con maderas que arden, con terrazas vacías, con cafés que guardaron las macetas y los toldos.

La Plaza de la Bastilla obligó a los joyeros a esconder sus joyas. El Arco del Triunfo bloqueó sus siete avenidas. Todo voló por los aires parisinos: los basureros, las paradas de colectivos, las barreras, los pizarrones. Las carpas de los refugiados que ya no se esconden a orillas del Sena. Se sobrepasaron todos los escenarios imaginados.

¿Fueron los jóvenes, los chalecos, los inmigrantes, los delincuentes, los caídos del sistema?

Miro y pienso.

Tal vez fueron todos, inclusive algunos turistas solidarios que se plegaron al reclamo de esos que sueñan y luchan y representan a todos, que quieren sentarse frente a la fuente y elegir una silla, la verde olivo, de esas que se usan para el bucolismo y la contemplación, esas que representaban a la armonía.

En París -y de allí a otras capitales de Europa- voló todo, inclusive la silla.

Deje un comentario

Descubre más desde La Estadía

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo