Avenida Yrigoyen, un punto de fuga con luz patrimonial

Caminar de noche por la Avenida Hipólito Yrigoyen en Córdoba Capital es circular por una vía poblada de sitios culturales destacados por el arte de la iluminación dirigida y estratégicamente enfocada sobre una arquitectura Patrimonio de la ciudad. En su trayecto alberga no sólo museos o paseos sino organismos, instituciones, empresas, edificios de vanguardia, una verdadera explosión inmobiliaria que lo constituye en uno de los barrios más cotizados, turísticamente muy visitados y socialmente más convocantes, punto de fuga y encuentro con usos comunitarios, recreación artística y cultural.
Esta gran vía fue proyectada como un punto de fuga, hacia el infinito, por el comerciante Don Miguel Crisol a mediados de 1880 y el famoso arquitecto Carlos Thays la diseñó en imitación al legendario Boulevard Haussmann de París. La idea original era que la burguesía de la época construyera sus elegantes petit hotels y lujosos chateaus de familias de renombre.
En la actualidad, se puede decir que la avenida es una verdadera historia de transformación y metamorfosis de los espacios, ya que a través de las décadas y las particularidades de los procesos históricos, los sentidos de sus mobiliarios y arquitecturas se han modificado de manera abismal. Hoy, en su mayoría, todo el Patrimonio de la ciudad ha sido intervenido por un plan de iluminación en sus fachadas, lo que le otorga mayor visibilidad a la arquitectura. Más allá de una función estética o de modas urbanas sobre lo patrimonial, se trata de enfocar y encontrar información desde varios ángulos de observación. Es profundizar en los relatos, los mensajes, los datos que se guardan en su interior para que la propuesta lumínica sea conceptual en un todo.

En esta oportunidad me enfoco en el centro cultural Paseo del Buen Pastor. Está colmado de transeúntes, tanto en su interior como en sus patios abiertos. Hay música de fondo, luces de todos los colores y formas, especialmente en la fuente de sus aguas danzantes. Nadie es ajeno al espíritu de pasatiempo urbano, abierto y recreativo. Se trata de un multiespacio, un punto de reunión bien céntrico, con salas culturales, eventos, exposiciones, restaurants, bares y tiendas.

Emerge sobre la base de una arquitectura levantada entre los años 1897 y 1906, para la Orden Religiosa de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor de Angers. Su función original estaba destinada a ser centro correccional de mujeres y menores. En 1888, un grupo de religiosas francesas crearon Taller de la Sagrada Familia, para niñas pobres y huérfanas. Durante 100 años funcionó como asilo y cárcel correccional de mujeres.
Mientras doy vueltas por estos corredores de paredes repletas de episodios históricos, rescato de las crónicas un hecho que involucra a este lugar y que impactó notoriamente en la Córdoba del año 1975. La noche del 24 mayo de ese año, 26 presas políticas se fugaron de la entonces cárcel del Buen Pastor. A las 8 de la noche, comenzaba el operativo de fuga carcelario más grande –un hito- de la historia cordobesa.
En ese entonces, Córdoba se caracterizaba a nivel nacional por tener una gran actividad política, sindical, estudiantil y de protesta popular. La Provincia de Córdoba había sufrido un golpe de estado policial ( El Navarrazo ) que derrocó al gobernador constitucional Ricardo Obregón Cano y su vice Atilio López. El gobierno nacional hizo intervenir la Provincia con el Brigadier Lacabanne. En Córdoba se comenzaba a aplicar la represión política hasta que en el 1976 se sistematizó con secuestros, centros clandestinos de detención y desaparición de personas. En ese contexto, el edificio funcionaba como lugar de reclusión clandestino de detenidas políticas. Sin lugar a dudas, se trataba de un punto muy sombrío para esta elegante Avenida Yrigoyen.
Me siento en el segundo piso del moderno restaurant. Desde aquí miro en panorámica y trato de reconstruir las escenas con cada sorbo de café que me acompaña.

Aquella noche de mayo, decenas de personas circulaban por el bullicioso centro cordobés. El plan de fuga había sido minuciosamente calculado. Por cuestiones de seguridad, la planificación se hizo en absoluto secreto para la mayoría de las presas, sólo se enteraron unas horas antes de llevarlo a cabo. La idea era saltar por la ventana hacia una calle lateral, donde las iban a estar esperando para conducirlas a lugares seguros después de la huida.
En la puerta de la Iglesia del Sagrado Corazón ( Los Capuchinos ), ubicada justo al frente, una gran cantidad de gente esperaba la salida de una pareja de novios recién casados. Por el otro lado – de modo irruptivo- los militantes de diferentes agrupaciones políticas, ubicados en puntos estratégicos cortaron calles, hicieron explotar bombas de estruendo, incendiaron un colectivo y sacaron banderas por las ventanas de algunos edificios para dispersar la atención de la vigilancia policial. Las prisioneras salieron desde el comedor hasta la cocina de la cárcel. Allí era el punto de encuentro, donde estaba la ventana que daba a la calle Buenos Aires. Desde afuera, los militantes estacionaron un camión cerca de esa ventana, engancharon las rejas y en un tremendo y envalentonado tirón, esa ventana voló tan alto como un cóndor desplegando sus alas. Todo fue lento y veloz al mismo tiempo. Los diarios del momento redactaron que el arranque de la reja había sido de cuajo. No obstante, el estampido, entre tanto ruido circundante, había pasado desapercibido. Fue en ese preciso instante que las detenidas políticas empezaron a saltar por ese boquete hacia la caja del camión que las esperaba. Se estaba acometiendo la gran fuga. La adrenalina estallaba en un grito mudo, silenciado y doloroso. Para muchas fue un salto a la libertad clandestina o un exilio esperanzador. Otras fueron detenidas nuevamente. Nueve de ellas fueron asesinadas y desaparecidas.
El último trago de café se ha enfriado y hasta parece tener un sabor amargo. Salgo del restaurant, bajo las escaleras, me acerco a las aguas danzantes, donde la música y el juego de las luces han desdibujado aquellas celdas oscuras del castigo, que fueron demolidas tras el advenimiento de la Democracia a nuestro país.

El colorido del ambiente exterior me saca de aquella crónica de la fuga, me obliga a regresar al presente, a una avenida cargada de destellos y ruidos intensos. Cruzo la calle y me ubico de frente a la fachada de la Iglesia testigo, justamente, la de Los Capuchinos. Toda su estructura es una gran pregunta simbólica que se refiere a la existencia humana y su relación con Dios. Todos sus elementos se elevan en la misma sintonía. Su torre gótica en aguja cual figura del alma, asciende y perfora el cielo, igual que la dolorosa lanza que perforó el Sagrado Corazón de Jesús. A su costado, una torre trunca, representando en cambio la materia, que muere, lo imperfecto, el fracaso de la humanidad y lo transitorio. En su interior, y siguiendo las afinidades de San Francisco de Asís, el cosmos en la bóveda, es un mapa de estrellas visibles de cada mes de la Córdoba de 1930. La vida y la muerte. La oscuridad y su contrario necesario, la luz.


La noche y el frio de mayo me aleja de esta gran explanada para seguir por la Avenida Yrigoyen, que tiene sentido único de circulación como un punto de fuga. Su nombre es en honor al Dr. Hipólito Yrigoyen, primer presidente democráticamente elegido en dos períodos ( 1916-1922 )( 1928 y derrocado por el golpe militar ). El primer golpe del siglo XX.
El final de este recorrido es Plaza España, justo el punto neurálgico de intersección de seis avenidas que convergen. Es el nudo vial refuncionalizado y devenido en Museo Metropolitano de Arte Urbano. A su alrededor, el Museo Superior de Bellas Artes Evita, el Palacio Dionisi Museo de Fotografía, el Museo Provincial de Bellas Artes Emilio Caraffa, el Centro Cultural Córdoba, El Faro del Bicentenario, el Museo Provincial de Ciencias Naturales…Los centros culturales iluminados se replican en 360°, partiendo por las diferentes vias que nacen hacia otras zonas de la capital.



Es el arte el que va iluminando el paso, con la magia de la luz que transforma los espacios oscuros en lugares de recreación, la que en definitiva nos transmuta para la creación de una identidad con memoria, esa energía que nos congrega frente a las ventanas del patrimonio, puntos de fuga de la historia de una ciudad.
















