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«Nadie es una isla».

Crónica en La Habana

   

 —Tripulación, preparar cabina para el aterrizaje —avisa el piloto, la nave está lista para hacer contacto con la isla.

Por la ventanilla, abajo, comenzamos a distinguir esos largos caminos perdidos entre los verdes del campo y sencillos poblados cercanos a la ciudad. Estamos arribando a la capital de Cuba, La Habana, fundada hace un poco más de 500 años. Es la que mira hacia la Florida, en la región occidental de un país de incomparables sitios de Patrimonio Cultural de la Humanidad.

     —Señores pasajeros, bienvenidos al Aeropuerto José Martí de La Habana. Que disfruten de su estadía en la República de Cuba —así vamos dejando el avión, al tiempo que ya desaceleró su marcha. Desabrochamos cinturones y alcanzamos velocidad nula hasta estacionar.

    

El mismísimo Cristóbal Colón, en 1492, tropezó con este punto mientras andaba medio perdido en su primer viaje por la ruta del Nuevo Mundo. Tal vez gritó con sorpresa «¡ Nadie es una isla !». Lo cierto es que la llamó Juana y la describió como «la más bella tierra que ojos humanos hayan visto jamás», una cita famosa que venimos a chequear. Primero fue territorio de conquistas y luego de José Martí, el Padre de la Patria y Héroe de la Independencia: «El encanto es producto de lo inesperado»  —dijo este político y poeta, el más preciado del lugar.

     —Por aquí, por favor —nos indican el ingreso por la Terminal Internacional,  más grande y modernizada que la nacional o la de los charter.

     Es la entrada para casi todos  los países aunque se estima que no muchos estarían llegando en estos días a vacacionar. Tras el Covid 19, a la isla le está costando remontar. No hay tantos vuelos directos a Cuba. Desde Córdoba, con dos escalas: primero en Santiago ( Chile ) y después en Lima ( Perú ), pasamos veinticuatro horas de viaje, trasbordo con tránsito internacional muy apretado y urgente de pasajeros buscando desempacar en algún lugar. En el desembarque en destino, bajamos con los cuerpos adormecidos pero todavía con reacción para soltarnos lentamente por unos pasillos despejados hasta la gran sala de las ventanillas de los oficiales de inmigración.

     La entrada se hace por los mostradores de la izquierda. Está todo planificado. Si alguien tiene apuro o la fila se demora un poco más de la cuenta, puede dirigirse libremente hacia los de la derecha, un poco más allá. De todas formas, el trámite es fácil de presentar, se realiza desde casa: Visa vía correo postal a la Embajada de Cuba en Buenos Aires, el formulario DViajeros en la web, pasaje de avión, seguro de viaje y una reserva de alojamiento. Listo, sin agencias o intermediarios, sin pagar costos extras, se puede programar en unas semanas antes de viajar. Con los pies en Cuba, no hay prisa que obligue a acelerar. Pasaporte en mano y visa, la foto de rigor…

     —¡Amigos, adelante nomás!

     Cuba: la turística, la del Patrimonio de la Humanidad, con sus Valles y Parques Nacionales, el ícono de las copas de ron mezclado con hielo, lima y hierbabuena, los habanos y la caña de azúcar. El Hotel Nacional, los autos clásicos, sus incomparables plazas coloniales y los museos. El Malecón, los bares de Hemingway, su casa y las bebidas: el daiquiri y mojito, los más populares para celebrar. Todo se convierte en souvenir y postal. Cuba, la de las mejores playas del mundo con cayos turquesas, all inclusive para los extranjeros, en un archipiélago de gobierno socialista, implantado por Fidel Castro en el ´59 con el triunfo de su Revolución que derrocó al dictador Fulgencio Batista. Tras este acontecimiento, Estados Unidos les bloqueó y embargó la economía hasta la actualidad. Historia, mitos y leyendas, entrecruzadas en cancioneros, poemas, literatura, políticas e hitos de la economía mundial.

      

— «Un día me sublevo contra todas esas normas francesas: No hago esto, no me da la gana…Esa fue mi primera sublevación. Fue instintivo» —le relata Castro al periodista Ignacio Ramonet en su libro “Cien horas con Fidel” ( Edición de la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado de Cuba, del año 2006  ). Según esta extensa entrevista de 633 hojas, aquella había sido su primera revolución y la había manifestado en la escuela, donde al niño Castro lo obligaban a comer vegetales a la fuerza. Con estas rebeliones infantiles, Castro asume que nació y se autodefine  «…REBELDE… » —con todas las letras—. Asegura que adquirió así «un profundo sentido de la justicia, una ética, un sentido de la igualdad…», lo que lo habría influido desde muy temprano en su vocación política y revolucionaria, convirtiéndose en un personaje internacional.

     Estamos en pleno desembarque de nuestro vuelo a Cuba. En la recepción, una trabajadora muy cómodamente apoyada sobre las mesas con estilo años ´70, ( onda vintage ), mira mi pasaporte y exclama sonriente:

     —Anita, ¡bienvenida a Cuba! —me conmueve sobremanera su actitud amistosa y cordial. Me hace sentir cercana. Me ( nos ) indican pasar. Este modo tan amable ya nos pinta el panorama, un trato sumamente hospitalario hacia ese turismo que arriba a la isla con muchos interrogantes sobre la situación actual ( que se sabe de antemano es de notable fragilidad ). A la salida del edificio,  lo esperado: ¡calor, mucho calor! El Caribe se nos presenta con su sol ardiente y su humedad tropical, una intensa nube de vapor bañándolo todo. Nuestros cuerpos van en cámara lenta, el ambiente se ralentiza y se colma de música a ritmo lento, pegajoso, romanticón, de los años de las radios de válvulas con aquellos boleros cubanos que son un gran apretón —abrazo fuerte— si los hay.

    —«…Un beso me diste un día, lo guardo en el corazón…» —susurra al oído Pepe Sánchez, el mayor trovador. Amoroso recibimiento, ciudad con altas palmeras y mucho verde alrededor, la fantasía está cumplida, ¡es realmente en-can-ta-dor!

De repente, estamos rodeados.

     —¡Cambio, cambio…!¿Amigos, son españoles? —preguntan insistentes los del lugar.

     —Argentinos.

     —Argentinos, ¡bienvenidos!

¿Messi o Maradona?, ¿Francisco?, ¿El Fernet?, ¿Cristina o Milei? Todo vale para acercarse un poco más.

     —Amiga argentina, ¿tendrá algún dulce pa los niños? ¿Alguna cosita pa regalar?

Es un pedido tras otro mientras nos ven llegar. ( Convidamos caramelos de dulce de leche pero son tantos los que vinieron que sólo alcanzan para probar ). Maletas en mano, nos escurrirnos de tanta charla, buscamos un taxi, su chofer se presenta. Carlos es un cubano ya maduro de edad que —dice— viene conduciendo visitantes desde que tiene memoria. Ha vivido la historia con todos sus altibajos y desde el campo, se despidió de su mamá, «una linda guajira »,  —recuerda—  y se vino a la capital cuando era jovencito, allá era mucho más duro progresar. De la radio a válvulas pasamos al celular. Suena su teléfono, es su mujer, en una video-llamada inesperada, el internet funciona en cada lugar:

     —¡Hola amor! —responde Carlos—  mira a quien llevo aquí, a estos amigos argentinos, acaban de llegar….

Ni los años ni la situación actual, una de las más difíciles de sobrellevar, le han desalentado las ansias de conversar o trabajar.

—¡Qué alegría familia! —exclama ella,  levanta su voz con absoluta algarabía, fuerte y rápido, tonada efusiva, como si fuésemos eternamente amigos, asiduos de la ciudad.

«Nadie es una isla».

     En La Habana están todos conectados, parece pueblo chico donde el turista se mezcla rápido con el anfitrión local. Ciudad con fortalezas ( la mayor construida en América por los españoles ) y cañones mirando hacia el mar. Conocen de invasiones y esclavos, de atropellos, dictaduras, bloqueos económicos aunque también de asistencias y de tentaciones de ultramar, de jóvenes aventurados que hoy —más que nunca—  alientan la protesta social, exigen comida y emigran —despolitizados— por pan y libertad. Tras la muerte de Fidel, en el gobierno de la isla lo sucedió su hermano Raúl Castro Ruiz. Te aconsejan no opinar de política porque se entra en una grieta —ajena— difícil de dimensionar.  No obstante, hay datos que se conocen y trascienden más allá de las censuras y la represión policial: hoy el presidente se llama Miguel Diaz Canel, es el Jefe de Estado / de Gobierno / de las Fuerzas Armadas / del Partido Comunista de Cuba, existiendo como único partido político —legal—. Digamos, viene todo en uno y punto.

No se pregunta más. No vinimos a juzgar.

     Ya somos turistas en la mayor de las Antillas. ¡Estamos en La Habana! Nombre con impronta que atrae desde siempre. Es mítica. Es pura leyenda. Es La Habana Vieja. Digna del cine y crónicas viajeras para relatar. Andar tranquilo, ritmo lento, como si el tiempo aquí durara más.

El tiempo.

Foto: Ana Claudia Simes

Los años se han vuelto décadas que se hamacan entre los muros coloniales, custodiando una soberanía, rebelde y combativa, “Patria o Muerte”, decía el Che….el argentino.

     —«Todavía se pone lealtad y se lucha por la Patria —asegura Carlos, el chofer avezado— pero cada día con los jóvenes e internet, cuesta más, andan más berreados, verá» —así nos guía de antemano por los encantos arquitectónicos —muchos derruidos— y los periplos políticos de la ciudad.

    Cuba: un país codiciado históricamente por las grandes potencias, un escenario donde se han medido —y siguen midiéndose— fuerzas políticas, económicas e ideológicas a la altura de los grandes acontecimientos del orden mundial. La historia es larga y la paciencia del cubano se lleva el premio al aguante universal. Primero, llegó Colón y desplazó a lo taínos y otros originarios. Más tarde trajeron a los africanos como esclavos. España y Gran Bretaña se peleaban por la isla hasta que los mambises buscaron la Independencia ( 1898 ).

Museos coloniales ( donde Elba nos guió de maravilla )

Con Estados Unidos se libraron de España aunque vino la intervención. Llegaron a ser República ( 1902 ) pero con inestabilidad política. En 1940 Fulgencio Batista aparece con sus golpes de estado hasta lograr el poder con su dictadura, convirtiendo a  Cuba, como dicen en la calle, en el «Casino de los Estados Unidos, con mafias, droga y prostitución». Entonces, a mediados de siglo, con el Movimiento 26 de Julio de Fidel Castro, el autodenominado «…REBELDE…», con viento a favor desembarcó del Yate Granma y derrocó a Batista y comenzó la Revolución Cubana ( 1959 ). Así planteado, Cuba nunca deja de ser un gran imán para la narración.

    

—«¿Cómo empezaron a poner en marcha la Revolución?» —le pregunta Ramonet a Fidel en el Capítulo 11.

     —«Se cumple la promesa de juzgar a los criminales…y de confiscación de todos los bienes malhabidos y malversados en los años de Batista. Luego, la Ley de la Reforma Agraria…Después del triunfo comenzaron los sabotajes, la infiltración de hombres, de pertrechos de guerra, para sabotear y promover levantamientos y actividades terroristas…» —responde el Comandante. Según relata el mismísimo protagonista de la Revolución, «…Desde el primer momento, la administración norteamericana estuvo tratando de crear una imagen desfavorable de la Revolución Cubana. Hicieron grandes campañas publicitarias…Rompieron las relaciones diplomáticas en 1961 y adoptaron medidas de bloqueo económico…hasta el bombardeo de Playa Girón».

    —¿Llegamos a destino? —le pregunto al chofer. Carlos nos asienta con la cabeza y cobra el viaje ( en dólares ya que el CUP, moneda nacional, para la gente de a pié, cada día se devalúa más ). Nos sitúa en el mapa, estamos en plena Habana Vieja, cerca de todos los recorridos céntricos, específicamente frente al túnel, ese que discurre por debajo de la bahía y figura entre las siete maravillas de la ingeniería civil cubana, considerado uno de los primeros túneles submarinos del mundo ( 1958 ), con una arquitectura conservada, con un sistema de hormigón que dicen está reforzado para soportar grandes cargas. Tal cual el aviso, nuestra habitación en casa particular está en un tercer piso, por una larga y angosta escalera. ¡Son 54 escalones para desafiar!. Lucía y Luis nos estrechan las manos, nos damos abrazos. La reserva fue sin seña. Ellos confiaron y nosotros cumplimos o viceversa. Todo es perfectamente familiar, gente ampliamente generosa y atenta, muy pendiente del turismo porque el ingreso de viajeros los ayuda a soñar.  La ubicación del alojamiento es perfecta, con una terraza que apunta hacia el gran ícono del Castillo de los Tres Reyes del Morro ( 1585 ), defensa y faro de la icónica Bahía de La Habana. ¡Otra impresionante postal!

Entre los aromas del café cubano, sin corridas, fuimos armando el itinerario de nuestras visitas por los atractivos de La Habana, aunque cada jornada tendría mucho de improvisado, para no quitarle esa magia que tiene la idea de perderse en medio de lo nuevo para volverse a encontrar. La Habana es un museo a cielo abierto —intramuros— que sobrevive entre sus paredes descascaradas y callejones de andar roto, entre las ventas ambulantes sobre empedrados coloniales con el fondo de una bella —¡tan bella! — Catedral del barroco.

En cada esquina  la  sensación se replica, esa de caer repentinamente en escenas atiborradas de diferentes tiempos, con voces e historias que se han acumulado, amontonando tremendos contrastes sociales y arquitectónicos, perfiles de rostros que se desdibujan desde lo humanitario conformando estéticas fotografiables de una identidad única, que atrapa a un turismo viajero, ávido de analizar y entremezclarse con una realidad diferente, difícil de interpretar.

Insisto, por respeto al pueblo, no vinimos a juzgar.

Hago sólo un fast forward del recorrido por el Capitolio, el “kilómetro 0”.

Fotos: Ana Claudia Simes

Es el punto de partida de todas las rutas de la isla. Está en el corazón de La Habana, en el interior del Capitolio, en el centro del Salón de los Pasos Perdidos, en un diamante. Si. Una piedra preciosa que —en realidad— ha sido reemplazada por una réplica. Su pieza original es uno de los grandes misterios de la isla, por haber sido adquirida, perdida o robada, devuelta y finalmente ocultada —al menos para las mayorías—.

   ―Amigos y amigas visitantes, ¡Bienvenidos a La Habana y su Capitolio! Nos encontramos en un edificio construido en 1929 por encargo del entonces presidente cubano Gerardo Machado ―explica la joven guía, una pasante que domina varios idiomas  ( ruso con naturalidad ), una muestra de un innegable legado cultural, producto de las relaciones bilaterales entre los estados ruso cubano.

    ―¿Nos saludarías en ruso? ―le pregunto con curiosidad.

    ―Privet. Kak dela ( Hola, ¿cómo estás?)

     Nos ubican justo en el punto central interno de la cúpula, el nudo del gran salón, sobre una estrella de mármoles en el piso, en cuyo centro se atesora una réplica del famoso diamante de 25K. Su original oculto perteneció al último zar de Rusia, Nicolás II de la Dinastía de los Romanov. Las crónicas cuentan una historia digna de la pantalla grande: al tomar el poder los bolcheviques en la Revolución Rusa, el zar fue obligado a abdicar y fueron desposeídos de las riquezas de la familia. Un diamante de 25K quedó en manos de Isaac Estéfano. Este era un joyero turco que lo introdujo en La Habana durante el gobierno del presidente Machado, quien fue tentado para comprarlo y colocarlo en el Capitolio para su inauguración. Según los  historiadores locales, la joya se consideraba uno de los tesoros mejor protegido de la República. Los catálogos de las agencias de viaje norteamericanas le atribuían poderes mágicos, por su poder de curación  de enfermos e irradiación de la buena suerte. Lo cierto es que el diamante tallado fue robado el 25 de marzo de 1946 para desconcierto nacional. Un año más tarde, la joya reapareció en un sobre en el escritorio del presidente. ¿Quién lo había robado? Nunca se supo. Sólo los rumores atribuyen el hecho a una serie de entramados políticos de engorrosa comprobación a esta altura de la historia. En 1973 se sustituyó el diamante por una réplica y se dice que estaría custodiado en la caja de seguridad del Banco Central de Cuba, un dato complicado de corroborar.

   

En definitiva se trata de un diamante ( o su réplica ) que podría  ―se me ocurre― ser una gran metáfora de lo invencible. Una de las sustancias naturales más duras en la Tierra, con dureza extrema, imposible de rayar. Es una gran conductora de calor, portadora de una resistencia sin igual, con una chispa única, por su rareza, la más atractiva entre otras gemas a comparar. El diamante, una piedra venerada por las culturas antiguas y modernas, relacionada con el poder y la búsqueda de la legendaria transformación alquímica: la conexión con la permanencia en el tiempo como piedra filosofal.

El tiempo.

Cada recinto del Capitolio es un libro abierto de datos, fechas y los protagonistas de los hechos históricos.

     ―¿Y qué fue el Grito de Baire? ―le pregunta una docente a sus tres alumnos particulares ( ¿educación privada? ) que se unieron a nuestro grupo.

   

―¡La Guerra Necesaria, la Independencia! ―respondieron los chicos, tan convencidos como el mismísimo José Martí al referirse al último conflicto armado entre España  y los mambises cubanos, que en 1895 puso fin a la soberanía española sobre la isla aunque dando lugar a la subsiguiente y eterna injerencia de los Estados Unidos de América.

     ( ―Sí. Educación privada ―me respondió. Últimamente las escuelas vienen con pocos maestros ―por sus magros sueldos― y necesidad de reforzar los conocimientos, me explicó aquella educadora…particular ).

     La historia de la Habana es inabarcable. En sus relatos más populares, se percibe la resistencia de un pueblo que se sobrepone a  los embates de los imperios: la Reconcentración Forzosa ( 1895 ) de Valeriano Weyler, el culpable de la aniquilación de cubanos que murieron aislados en poblados cercados impedidos de recibir ayuda externa para sobrevivir, señalados como insurrectos independentistas frente al bloqueo del imperio español. Esto ha sido sólo un adelanto de tantos retazos de lo que tiene Cuba para contar. No siempre las cosas son lo que parecen, las monedas tienen dos caras y toda historia tiene su doble faz. Vale mucho escuchar.

    Estamos en pleno centro de la urbe más grande de la isla, cerca de los famosos -y no famosos también- bares donde los turistas tienen sus selfies con habanos, sombreros estilo trilby blancos y copas de cócteles ( retratos casi obligados para luego instagramear ).

Se nos acerca de repente un vendedor grandote, de cabello oscuro encrespado, ofreciendo habanos mientras otro lugareño, labios gruesos y un tanto más charlatán, le dice que somos argentinos y hasta sabe —para nuestra sorpresa— a dónde nos alojamos y algunos cuentos más…

      —¡Amigos! Tenemos los mejores habanos y buen ron de la isla, vamos a nuestra cooperativa, son los originales, los más baratos y de mayor calidad.

      —¿A cuánto?

      —Suban por acá, sin miedo, somos todos amigos.

     —Somos amigos —recalca el segundo. ¡No se puede regresar de Cuba sin habanos ni ron! ¡Sa-booor!

    Ingresamos por una puerta que a mitad de escalera se estrecha bastante. Se vuelve oscura, con paredes venidas a escombros. A esta altura sentimos desconfianza, intuimos que nos venderán puro humo de ese tabaco que se esfuma fácilmente ( como todo lo industrializado, no original y globalizado, sin identidad ). La estafa está en el piso más alto, no hay muchos habanos gloriosos ni tampoco olor al buen ron. A nuestras espaldas, aparecen más vendedores clandestinos, en silencio y con actitud de meter presión.

    —¡Son productos muy truchos! —pensamos al unísono. La decepción nos causa una tremenda y exagerada reacción. Por las dudas, salimos velozmente de este laberinto confuso, alertados ya sobre los falsos souvenirs que se ofrecen a los turistas que andan poco despabilados, recién llegados al lugar.

    Sopla el viento marino caribeño. Las bocinas del tránsito suenan con claridad. El sol siempre pega de lleno sobre el asfalto. La mirada se refresca con los jardines del Parque Central en una plaza con caminos que se bifurcan y entrecruzan con gloriosas 28 palmas.

Foto: Ana Claudia Simes

Las fachadas de edificios de los tiempos de la burguesía extranjera se están desmoronando mientras que —en el contraste— relucen nuevos edificios para el turismo de los “gringos”, esos que pasean por la isla y sus playas en la estrella de los motorizados, ¡el colorido almendrón!.

Fotos: Ana Claudia Simes

   

Fotos: Ana Claudia Simes

Hacia el costado, el Paseo del Prado, una gran pasarela social y de convivencia cubana, de recreo y esparcimiento público.  Los cañones que protegían a la ciudad colonial contra corsarios y piratas se fundieron en enormes leones que decoran la vida social de su gente, el pueblo que canta mucho, baila muy bien, ríe y llora, todo en uno.

Al fondo, el mar más turquesa del Caribe acariciando al Malecón, lo llaman el sofá de La Habana.

Para la izquierda, se cruza el Túnel en La Bahía desembocando en la Cabaña del Che, con todas las historias de la Revolución.

Fotos: Ana Claudia Simes

Para el otro extremo, el Hotel Nacional, sus relatos de mafias ítalo- estadounidenses del ´46, todas las celebridades del mundo hospedadas en el Vedado y las trincheras y túneles del ´62.

    

―«Con Kennedy vivió usted, y el mundo entero, una de las más peligrosas crisis internacionales: la Crisis de Octubre de 1962 o Crisis de los Misiles» ―le pregunta una vez más el periodista Ignacio Ramonet a Fidel en su libro de las  “Cien Horas…”

     ―«Fue un momento internacional muy tenso. En 1962, había aquí 42 mil soldados soviéticos, y nosotros teníamos casi 300 mil hombres sobre las armas. No estábamos dispuestos a aceptar una nueva agresión contra Cuba…El peligro era inminente…» ― le sentencia Fidel, con su gorra verde oliva y su habano preferido, el Lanchero de Cohiba ( que hasta Winston Churchill supo disfrutar…). «Kennedy habla por televisión el 22 de Octubre a las 7:00 de la tarde. Habla por todos los canales del país, con gran dramatismo, y entonces, el mundo se entera que hay esta crisis y que se está al borde de una guerra atómica»

     Regresamos a la terraza de nuestro alojamiento. En el horizonte, siempre el Malecón. Allí se conversa y se canta con las olas, se le teme a los ciclones cuando la marea se pone brava, se despiden los amores, se abandona el terrunio, se ruega la protección de Yemaná la diosa que representa a los mares, la que brinda resistencia a los que se quedan o la buena aventura de los navegantes que cruzan a la otra orilla del mar.

Hay alboroto en la Bahía. Suenan los cañones del Castillo del Morro.

Escucho la Radio Reloj. Tic-tac. Tic-tac.

Se trata de un desembarque en La Habana.

Fotos: Ana Claudia Simes

     ―«Una fragata de la Marina Rusa y un submarino de propulsión nuclear llegaron en estos días de junio 2024 al puerto de La Habana. Tanto Estados Unidos como Cuba aseguraron que se trata de un desembarque amistoso, que el mundo esté tranquilo, que no representa amenaza alguna…» ―sostiene el locutor. La noticia ―en segundos― rodeó al planeta cual un relato del Déjà vu.

Acudo de manera inequívoca y urgente a la sapiencia del novelista, reportero y corresponsal de las grandes guerras. Su Royal Arrow está estratégicamente ubicada sobre una colina en las afueras de esta capital, desde donde se logra un punto de vigilancia certero de la isla.

    

―Ernest Hemingway, recuérdame por favor, ¿por quién doblan las campanas en tiempos de guerra?

Y en su respuesta resoplan los ecos del poeta inglés John Donn ( 1572-1631 ):

      ―«Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la masa…La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti».

¡Gracias Lucía y Luis por tan exquisitas charlas! La gente de Cuba, lo mejor.

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