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Las ruedas que crujen.

Nostalgia del ripio

Caminar el territorio suena parecido a ese crujido del enzunchado de una rueda de cuña, que según los boyeros, es el carruaje que más sonidos despierta.

Caminar el territorio te permite evocar y resguardar la resonancia de otros tiempos porque hay ripios que guardan memorias y silencios que permiten que se produzcan los eternos ecos.

El trazado de la ruta Nº 28 ( ex ruta Nº 2o ), la que une desde Tanti -por el oeste- a Córdoba con San Juan, ha delineado entre siglos el paisaje y la historia. Nació angosta, como una vía de paso secundario, de alta montaña, hacia otros destinos virreinales. Su posta principal fue la estancia de Tanticuchi, hoy ciudad de Tanti, donde las mulas, los caballos, las carretas y sus jinetes buscaban rio, sombra, refugio y descanso.

Hoy, esa primigenia senda de la Sierra Grande está inmersa en un proceso de ser transformada en todos sus aspectos. El primer tramo ya está cubierto de asfalto. Está más ancho, debo confesar que se ve cambiado: la impresión es buena, la velocidad es alta, el tránsito ha aumentado. El circuito turístico regional se irá consolidando, integrando lo rural a lo urbano. Las motos y camionetas se disputan la punta y a los costados, los puestos de comidas atraen al viajero al filo de los paisajes serranos..

El avance de las obras parece decidido y necesario aunque no puedo obviar el desmonte de los costados. Mientras las máquinas trepan entre la roca explotada, el proyecto promete reparación ambiental y resguardo de la flora y fauna. Veo a un grupo de vecinos curando la herida y plantando nuevos árboles en la contracurva, donde la barranca quedó despoblada.

Un zorrito logra cruzar de lado a lado, se dá vuelta, nos mira y escapa, asustado.

La dinámica del trayecto ya es otra, está comprobado.

Más arriba, cerca del macizo, me siento sobre el ripio que todavía no ha sido alterado. Tal vez lo mío sea un ataque de nostalgia. No quiero perderlo, lo tengo en mi retina, mis escritos, mis recuerdos, los paseos y tantas fotos. Voy a extrañarlo.

Me acomodo sobre el camino y otra vez pienso en el paso de los años, me acuerdo de los sapitos de colores, del cóndor sobrevolando al Gigante y el olor a hierba fresca, las flores silvestres que ni con la nieve de julio se secan. De la mina abandonada de uranio, que fue negocio para pocos y nunca fue remediada.

Dejo de lado la nostalgia, me pongo de pié, miro hacia adelante y a la distancia, en la prioridad de las necesidades y el crecimiento esperado. Abundan ahora las rutas en Córdoba uniendo y acortando los tramos. Aparecen muchos y nuevos barrios, las luminarias trazan nuevas sendas, los alambres reemplazan a las viejas pircas y los rios siguen generosos intentando sobrevivir a lo que va llegando.

Más gente, más movimiento, todas las laderas habitadas. Me pregunto por cuánto tiempo más tendremos río y agua, sin obras fundamentales como son las reservas, un acueducto para todos y la red de cloacas, que son prioridad y significan lo elemental antes de dinamitar la roca y las entrañas.

Veo mucho asfalto, poca visión de futuro para las napas que sudan y una cuenca sin respuestas, que suplica por oxígeno para salvar al monte y al lago.

Hay ecos que no son murmullos, son ruedas que todavía crujen. El ripio y la altura siguen sonando.

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